LA DESIGUALDAD LABORAL ENTRE HOMBRES Y MUJERES

El siguiente manifiesto es fruto de debates internos de nuestro taller, recoge la postura de sus integrantes en relación al tema tratado, en ningún caso nos hacemos portavoces de nadie ajeno al mismo.



Desde tiempos inmemoriales la estructuración de las distintas ocupaciones dentro de todas las sociedades y culturas han estado sexualizadas en base a una especialización en función del género, de modo que tradicionalmente existieran funciones específicas femeninas y masculinas. Caza y recolección, ejército y familia, sacerdocio y monacato, masonería masculina y logias de adopción, y un innumerable listado de ejemplos similares fueron la única realidad hasta bien entrada la revolución industrial, que cambió los roles en la mayoría de los escalones jerárquicos y por ende en el mercado de trabajo. Esa revolución democratizó las condiciones laborales hasta el punto de que la mujer pudo tener acceso por primera vez en la historia a puestos eminentemente masculinos; y lo hizo no de forma excepcional, como bien se había venido realizando siglos atrás en contadas ocasiones con las llamadas “mujeres adelantadas a su tiempo”, sino de una forma masiva. Así pues, y gracias a la necesidad de una cantidad ingente de mano de obra para sostener el ritmo de las fábricas a la hora de responder a la creciente demanda de productos y servicios, hombres y mujeres comenzaron a trabajar hombro con hombro en los mismos gremios y sectores de producción, si bien se mantuvo la segregación por sexos afrontando cada uno de ellos tareas concretas dentro del nuevo sistema de cadenas productivas. Este hecho no acabó con los trabajos tradicionales (taberneras, cocineras, costureras, sirvientas,…) sino que generó nuevos nichos de mercado y por tanto nuevas oportunidades de empleo, pero desde las primeras incorporaciones femeninas sus salarios siempre fueron claramente inferiores a los recibidos por los hombres, alegando que el esfuerzo, la peligrosidad o la responsabilidad no eran equiparables. Así pues, la mujer trabajadora quedó relegada una vez más a un segundo plano en derechos al tiempo que se le exigían nuevos deberes, ya que a las acostumbradas tareas domésticas se le unieron largas jornadas laborales mal pagadas.

Durante la Primera Guerra Mundial se volvió a necesitar de las mujeres en masa para que las fábricas siguieran nutriendo a la población civil y al ejército, y tras la dramática pérdida de vidas humanas (en su mayor parte hombres jóvenes) fueron ellas las que levantaron países en ruina en el periodo de entreguerras, lo cual aceleró en muchos casos la aceptación de las demandas de los movimientos sufragistas (EE.UU. en 1920 o España en 1931, por poner solo un par de ejemplos). Pese a todo, y tras un proceso similar durante la Segunda Guerra Mundial, las retribuciones salariales de hombres y mujeres mantuvieron su desigualdad a favor de los primeros, alegando en este caso la imperiosa necesidad de fomentar la natalidad y de fortalecer el sistema productivo absorbiendo el mayor número posible de hombres. Por estos motivos la mujer quedó relegada al cuidado de la familia o, en el mejor de los casos, a desarrollar actividades supeditadas a la labor masculina predominante, en un claro rol de sumisión. Dicho fenómeno se ha venido repitiendo en todas las sociedades subdesarrolladas y en la mayor parte de sociedades occidentales, si bien dentro de estas últimas se ha perpetuado durante más tiempo en España debido al tradicionalismo familiar imperante durante décadas que evitó cualquier atisbo de progreso laboral y social para la mujer. Muchos/as de nosotros/as somos hijos/as de mujeres que dedicaron su vida a “sus labores”, las cuales pasaban por unas condiciones que hoy etiquetaríamos sin miramientos como propias de la esclavitud, caracterizadas por jornadas interminables de trabajo a cambio de comida y techo.

Las tradiciones, cuando van en contra del sentido común, son traiciones al mismo y hay que erradicarlas. Bien es cierto que se han producido innegables avances en la búsqueda de la equiparación salarial pero para no suprimir por completo esas viejas tradiciones heredadas se establecen sobre el papel jornadas a tiempo parcial que de facto siguen siendo completas, con el consecuente retroceso en derechos laborales y poder adquisitivo, siendo las mujeres las más afectadas por estas prácticas ilegales. A todo ello debemos unirle el hecho de que, en la actualidad, la condición de trabajador/a no exime del riesgo de pobreza, produciéndose un curioso fenómeno para nada excepcional, y es que un hogar que disponga de dos sueldos viva en peores condiciones que una familia de hace unas décadas que contase con el único sueldo del padre de familia. Por último no podemos obviar el elemento fundamental que está detrás de la desigualdad de género: la cosificación de la mujer.

¿Qué puede hacer la Masonería para cambiar esta situación de precariedad laboral y la consecuente desigualdad entre mujeres y hombres? A nuestro entender más de lo que pensamos… Y la clave está en un matiz: cambiar la tradición. Las logias siempre han sido los laboratorios donde se han gestado muchas de las ideas que han cambiado la humanidad y todo ello gracias al concepto de fraternidad. Dicho concepto lleva implícito otro mucho más cercano al mundo profano: la familia. Es ahí donde, a nuestro parecer, los/as masones/as debemos hacer especial hincapié. A pequeña escala cada uno/a de nosotros/as tenemos la obligación de poner en práctica los valores en los que creemos. De nada sirve un masón que tras asistir a una tenida sea incapaz al llegar a casa de prestarle la debida atención a sus hijos/as o de compartir las tareas domésticas. Y de nada sirve una masona que no exija ese comportamiento a su pareja… De nada sirven los símbolos, las ideas y las palabras si las traicionamos de forma constante con nuestros actos. Una persona iniciada en masonería debe ser consecuente con su juramento, leal a los valores masónicos y un ejemplo para quienes le rodean. Es justo esa nuestra responsabilidad, aquella que aceptamos libremente en su momento, y debemos tener claro que su incumplimiento nos deshonra a nosotros/as mismos/as pero también a nuestros/as HH.·. Solo con nuestro ejemplo podremos remover conciencias entre nuestro círculo más cercano y podremos educar en valores a nuestros/as hijos/as, lo cual representará el germen de una nueva sociedad, por pequeño y utópico que nos parezca ese simple gesto. Otro de nuestros deberes es la denuncia pública de aquellas empresas que favorezcan la desigualdad laboral, evitando en la medida de lo posible adquirir sus productos o contratar sus servicios. No olvidemos que en el mundo todo es Geometría y todo efecto tiene su causa. Seamos, por tanto, causa sustentada en nuestros propios ideales.

De igual modo, demandamos que la obediencia masónica bajo cuyos auspicios trabajamos se posicione de forma activa ante este grave problema de calado social y promueva puntos de encuentro con las demás obediencias mixtas españolas para la emisión de un comunicado conjunto y para la puesta en marcha de un calendario de reuniones con las altas instancias del Estado en materia laboral. Y decimos mixtas porque a nuestro entender carece de sentido, por lo paradójico y contradictorio, que obediencias segregadoras por sexos de forma estatutaria (masculinas o femeninas) planteen su adhesión a ningún documento o propuesta que propugne la igualdad de sexos.

Creemos que es conveniente recordar que lo que hacemos en logia, en ese simple cobertizo de canteros, lo hacemos precisamente al progreso de la humanidad. Debemos darle importancia a nuestra conducta, a nuestro trabajo. Convertirnos en verdaderos/as masones/as profesionales, serios/as, competentes, rigurosos/as y cuidadosos/as con lo que tenemos entre manos, que no son ni más ni menos que las herramientas que durante siglos han mejorado el mundo.